Escuchó el viento
y, en sus furiosos rugidos, creyó percibir un ritmo profundo, solemne y alegre,
como el del mar. Los sonidos, agudos, roncos y estridentes al principio, se
fundían en una especie de poderosa armonía, en la que Elena adivinaba una
estructura todavía confusa, como al comienzo de una sinfonía, cuando el oído
capta con asombro el rastro de un tema, pero lo pierde enseguida y,
decepcionado vuelve a buscarlo, y a menudo lo encuentra, y esa vez comprende que
no se le escapará de nuevo, que forma parte de un orden diferente, más poderoso
y bello, y, tranquilo y confiado, escucha la benéfica tempestad sonora que se
abate sobre él.
Irène Némirovsky
No hay comentarios:
Publicar un comentario